Repartí mi vida en maletas quincenales, cargadas de recuerdos, historias y sus noches, yo no pensé vivir así, ser andante eterna en la nostalgia de una carretera teñida en blanco y negro, atiborrada del pasado zurcido en valentía, de la más fina, pero de la que se arruga con la humedad y la sal de un clima tan variable, como un semáforo intermitente.
Nunca sufrí de mala memoria, hasta ahora, que se me ocurrió la idea de empalmar derroches de ilusiones con cuentos medio certeros del cristal del tu mirada, de esa mirada brillante y cargada con reflejos de la parte oscura de mi alma; y es que mirarte en el horizonte se convierte en una lucha delicada, entre los motivos olvidados que me hacen evadir la responsabilidad de gritar al viento mi nombre, con sus veinte letras.
Descubrí que la magia en estas venas es inevitable, al mismo tiempo que desayunar cucharadas de fe, frente a la ventana de una habitación que es a medias mía; me emocionan las pequeñas cosas cuando les paso la lupa de mis ideales, enraizados en ideas tan poco convencionales y alejadas de un juicio razonable, de ese mismo que busco y que no siempre encuentro, cuando deseo hacer entender cómo es que funciona lo que pienso, aunque siempre quise ser normal, termine por darme cuenta que vivo inmersa en un mundo tan propio que algunas veces me cuesta entenderme a mi misma.
Desearía coleccionar replicas de llaves que desenreden los nudos de mi melancolía, pero también entiendo cuando la mitad de mi sistema se empeña en defender lo que ha construido en años, a veces simplemente se desdobla, cuando entiende sin presión que no existen reglas totalmente verdaderas, ni realidades impuestas en labios que no son míos.
En esta maleta termino de empacar algunas razones por las que volveré en quince días más... hoy ya no las pienso cargar. -K-
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